EL HOMBRE Y EL ÁGUILA

ESTEBAN ALEJANDRO GARCIA*

 

       Una mañana de primavera, Jerónimo tenía pensado escalar la montaña más alto de aquella región donde eran originarios sus padres. Hacía tres lustros que había terminado la carrera de Zoología de la más prestigiada Universidad de aquel hermoso país conocido como “ombligo de la luna” [lenguaje Nahuatl] Muy de mañana, tomó lo necesario y empezó a caminar rumbo al monte con la plena convicción de llegar a la cima a media día.

       Después de un otoño de fresco a frio, la primavera aumenta la temperatura, es un renacimiento de las plantas y las flores se abren, dejando un ambiente perfumado en el aire y un hermoso paisaje en los campos y que decir de las esplendorosas montañas. Este era el ambiente que disfrutaba el Zoólogo. Aparecían en su trayecto aves de todo tipo que regresaban después de una migración en búsqueda de comida e incubar nuevas crías.

       Jerónimo, poseía un don especial de observar y entender el sonido de las aves, según cuentan sus amigos, se le descubrió en ocasiones que parecía dialogar con ellos. Desde muy joven era muy callado, no encajaba en ciertos ambientes con sus familiares y amigos, parecía estar buscando algo para remediar esta situación, deseaba un cambio a como diera lugar. Los años pasaban prontamente y, nada sucedía un cambio en él.

       La montaña donde tenía pensado subir caminado nuestro personaje, se notaba extraordinario e imponente, con un hermoso follaje semejante a color turquesa atraía cualquiera que caminara o se introdujera por sus senderos escarpados y estrechos. Todo su entorno se advertía un hechizo hecha realidad.

       Mientras nuestro protagonista se asombraba lo que su entorno le rodeaba, apareció de pronto en el horizonte de lado norte un objeto que surcaba a una velocidad impresionante. Conforme se aproximaba se podía distinguir que era un ave. Cruzó como flecha encima del él sin darle mucha importancia. De manera que adelantaba sus pasos, la emoción de mirar los árboles con follajes enormes, flores silvestres de todos los colores y tamaños; animales que salían de sus madrigueras para buscar alimento o recibir el calor de aquella esplendida primavera, parecía trasladarse a otra dimensión no percibido en otro momento de su vida. Así caminó hasta llegar a la cima de aquella imponente montaña.

       Estar en la cumbre de esta montaña, es esplendoroso, se decía. Estoy exhausto, pero el hecho de estar en este lugar elegido, el cansancio es lo de menos. Giró en trescientos sesenta grados para mirar todo que había en su entorno. No daba crédito todo lo que sus ojos podían observar. ¡maravilloso! simplemente ¡maravillosos! Repitió por segunda ocasión. Lamento no haber venido en otro momento, se decía en forma de congoja.

       A una corta distancia, y a una altura superior de la cima se veían unos riscos enormes y sin forma alguna. Sin pensar dos veces se dirigió a aquel espacio solitario. En esos peñascos, las más altas de todas, se veía algo que se movía con la apariencia de lanzarse al precipicio. Ansioso, escaló con gran esfuerzo para llegar y encontrase con una sorpresa. Un águila, de un cuerpo impresionante era lo que se movía, claro no con el deseo de lanzarse al vacío El águila al notar su presencia, emitió un sonido portentoso Kiu, kiu, kiu, con la finalidad de alejar cualquier intruso que pretendiera acercarse hacerle daño. Nuestro Zoólogo, al percibir el sonido que emitió el águila, dedujo que aquella ave estaba en peligro y necesitaba de su ayuda. De pronto quiso olvidar lo que había visto, solo es un animal se dijo. Pensándolo bien, es un animal que necesita ayuda. Se acercó con suma cautela e imitando el mismo sonido para tranquilizarlo y que lo permitiera acercarse.

       La imitación del sonido que él había hecho, tranquilizo al águila, como si con esto se hubiera creado una sensación de relación entre el hombre y el animal. Entre el hombre y el águila inició un dialogo mágico de entendimiento desconocido entre los seres humanos. Este encuentro inexplicable lleno de misticismo se expresa en el siguiente diálogo:

       Esta mañana, he visto un águila surcar el cielo, su velocidad era impresionantedijo Jerónimo.

      En realidad el águila que viste es joven, su velocidad es tres veces mayor de lo que uno alcanza cuando ya no tiene las fuerzas, como yo ahora. expresó el águila.

        —Con esta velocidad, ninguna presa escapa de sus garras.

         Si así es, somos conocidas como las reinas del universo, poseemos una vista extremadamente aguda que nos permite visualizar a nuestras presas a gran distancia.

       —Lo sé.

       —¿Por qué lo sabes?

       —He estudiado su especie.

       —Entonces entiendes mis palabras.

       —Si.

       Nuestra imagen ha sido utilizada por muchos pueblos como símbolo nacional e imperial,

       —He leído algo de estas ideas. 

       En la parte sagrada, somos símbolo del evangelista San Juan.

       —No sabía, pero he visto pintado la imagen en la cúspide de algunos templos católicos.

       Mi raza ha sido reducida pretendiendo extinguirnos en los últimos años por culpa de la actividad humana.  Somos aves de gran longevidad capaz de vivir 7 décadas, siempre y cuando no estemos en cautiverio.

        He visitado algunos zoológicos y verdaderamente los tienen en malas condiciones. 

       Antes de llegar cumplir los setenta años, a la mitad de estos, tomamos la iniciativa de cerrar definitivamente nuestra mortalidad o elegir abrir otro circulo sumamente doloroso, pero trascendente. Como cualquier otra existencia, al llegar a la mitad del ciclo vital, el cansancio físico se manifiesta en el cuerpo, mis vuelos son más cortos, la agilidad de mis alas comienza a disminuir, mis ojos comienzan a ser borrosas; lo que hace que me dificulta ubicar mis presas, mis uñas se hacen blandas y se resquebrajan al querer desgarrar la carne que consumo, de igual manera se me escapan mis presas. Mi pico largo y poderoso se encorva hacia mi pecho lo que hace difícil alimentarme de mejor manera, mis alas se hacen más gruesas y pesadas, por eso mis vuelos son discontinuos y lentos. Observa mi cuerpo:

       —Estoy observando tu cuerpo.

       Llegar a la mitad de mi existencia es difícil, pero mi ser me impulsa actuar diferente, ser capaz de elegir una alternativa: dejarme morir, es decir aceptar la muerte, perderme para siempre en la inmensidad del universo o emprender un proceso de renovación muy dolorosa.  Mi poder ancestral me dice que debo escoger una segunda alternativa.

        Y como debe ser esa alternativa de renovación.

        —Escucha con atención. Comenzaré por arrancarme todas y cada una de mis plumas, literalmente esto lo haré azotando mi cuerpo contra la “roca”, golpeándome contra ella para que mis plumas caigan poco a poco. Pero esto no es todo. Lo verdaderamente doloroso y difícil de creer, es que mi pico lo golpearé y lo golpearé hasta quebrarlo completamente y arrancarlo de mi piel. Mi pico también lo renovaré y es el proceso más doloroso e increíblemente valeroso lo que pueden ver en la naturaleza de los animales. Este proceso dura 150 días. Tiempo en el que no probaré alimento alguno, pues sin pico y desplumadas es difícil poder cazar para sobrevivir y como es un periodo de suma fragilidad, permanezco en las alturas durante todo ese periodo.

       —¿Está es la razón por lo que ha elegido este lugar solitario?

       si. Hoy precisamente es el tercer el día. Al término de todo este martirio, con las alas renovadas y el pico fortalecido, remontaré mi vuelo en las olas del viento volviendo fuerte, vigoroso y rejuvenecida, con verdaderas nuevas fuerzas con las cuales puedo enfrentar años más de vida.

        Puedo hacer algo por ti, sugirió el hombre.

       —Gracias buen hombre, contestó el águila. Para este proceso debo hacerlo sin ayuda de nada y de nadie. Ahora te pide que bajes de este lugar debo continuar con este proceso.

 

       El hombre obedeció la súplica del águila, no sin antes dar muestras de agradecimiento. Conforme descendía hacia el valle, iba pensando en las palabras del águila. Pudo observar el vuelo que emprendía otra águila, tal vez ya renovado regresaba con los suyos para una vida nueva.

Yo debo renovar, no mi cuerpo, pero si toda mi actitud. ¿Cómo debo hacerlo? Se decía así mismo. Analizaré cada una de las palabras de esta grandiosa ave, su enseñanza es toda una metáfora.

... Y voy por un caminito y voy por otro, y si este cuento les gustó mañana voy por otro.

 

*DOCENTE DE LA ESCUELA PREPARATORI OFICIAL NUM 181. TULTEPEC.

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