* JERONIMO DOLORES LUGIOSEKA.
Cualquiera que lea este artículo, quizás la primera
pregunta que se le ocurra hacer es ¿Quiénes son los sofistas? Porque el interés de estos personajes lejos de
nuestra historia y de nuestra vida. Como una de las tantas respuestas
adelantadas, puedo decir que fueron pensadores revolucionarios del lenguaje.
Sabios en el arte de la oratoria.
Indagando en la historia griega podemos
saber quiénes son estos personajes. A propósito, los sofistas los ubicamos en
el siglo V. a. C época de oro del Emperador ateniense Pericles. Atenas (metrópoli
del origen de la filosofía) pequeña ciudad-estado, comienzo de un gobierno democrático
frente a un régimen aristocrático radical. Los ciudadanos adultos y varones, no
solamente tenían el derecho a hablar
en la asamblea (ágora, plaza pública) sino que era para ellos un deber: discutir, escuchar, decidir, incluso,
ante los jueces, en caso de juicio, debían defenderse por sí mismos, jamás por
boca de otros. El uso de la palabra constituía la mejor precaución para vivir
en comunidad, para defender de derechos propios y extraños, para “escalar
puestos públicos”, para progresar en los bienes materiales, una nueva forma de
ser sabio.
Los Sofistas, en su mayoría
extranjeros no podían hablar en la asamblea, pero se compensaban haciéndolo por
boca de sus alumnos. El triunfo social de estos será su más profunda
satisfacción personal. El buen discurso (saber hablar bien en el ágora) lo
concebían como sinónimo de poder. La satisfacción de la “megalomanía” en su más
pura expresión.
En un comienzo, ser sofista era
aquel que poseía talento y era ingenioso, inteligencia práctica. Gracias a su
preparación e influencia, el sofista fue considerado como la imagen intelectual
y carismática del saber, siendo apreciado por gran parte de la élite social
ateniense. Literalmente, el término sofista significó sabio. Por extensión, aquel
que sabe (expresión oral), maestría, (ejecución) experiencia en un concreto
campo del conocimiento. (retórica y dialéctica)
Muy por el contrario de los
filósofos, su finalidad intelectual no era la búsqueda de la verdad, sino
lograr un alto prestigio en sus discípulos y oyentes, obtener jerarquía
política, social y monetaria.
Sin embargo, el movimiento de los sofistas se fue degenerando, se convirtió
únicamente en un medio lucrativo: manipular a la sociedad griega con argumentos
relativos y hasta con falsas nociones tan sólo para obtener alguna utilidad
material.
Gracias a sus viajes de ciudad en ciudad, aprendieron que no existe una
única forma de conducta o de conocimiento, “no existe una sola manera correcta
de hacer las cosas, todo es relativo” “el hombre es la medida de las cosas”
(Protágoras) “la verdad no existe”, “existen sólo opiniones no verdades”, “cada
individuo percibe el mundo a su modo y conveniencia”. Si todo es relativo,
entonces no debían desperdiciarse el tiempo discutiendo sobre la realidad
última; mejor sería dedicarlos a descubrir como tener éxito y ser feliz
Los verdaderos filósofos se sintieron ofendidos con esta forma de pensar y
sobre todo en su actuación de un crudo mercantilismo. Pensaban que el amor a la
sabiduría era un llamamiento divino, algo digno de consagrar la vida personal,
y no un truco barato más para hacer que lo equivocado pareciera correcto y para
ganar la delantera en el mundo.
Sin embargo, sería totalmente una ofensa ver en los sofistas simple y
sencillamente maestros de falsedad. Su interés por las formas lingüísticas les
condujo a analizar el lenguaje, estudiar las figuras retóricas, penetrar en los
problemas de la lógica y preparar las vías del razonamiento lógico. Sus
argumentos, por falsos que parecieran en tantas ocasiones, requerían una
respuesta. Son revolucionarios del lenguaje. Sócrates y Aristóteles, intentaron
con espíritu crítico encontrar soluciones rigurosas de los problemas que los
sofistas dejaron planteados.
Para el pensamiento sofista, la verdad depende del sujeto, de la
interpretación y visión de cada persona. El bien y el mal, lo verdadero y lo
falso, dependen de la perspectiva personal con la que se valora algún hecho o
situación.
Hoy día, calificar a alguien de sofista o acusarlo de “sofisma” equivale a
considerar mera apariencia sin sustancia alguna y posiblemente acusarlo de
engaño deliberado. Podemos ver individuos que nos recuerdan a estos célebres
pensadores griegos. Específicamente en el campo de lo que llaman “superación
personal”, pseudos-filósofos emiten (venden) conferencias, libros, artículos y
demás mercancía. Estos individuos se valen de argumentos sentimentales y
alejados de todo conocimiento verdadero, se convierten en excelentes
mercaderes, sin importar si en realidad ayudan a las personas.
Para el
sofista, el saber tiene una finalidad lucrativa, para el filósofo, un
camino hacia la plenitud humana.
*Profesor de
filosofía. EPO 190
Fuentes:
Raíces de la
sabiduría, Buss Mitchell, H.Edit. Thomson Editores International, 1999.
Historia de
la filosofía, Emilio Lledó, Iñigo, edit. Santillana, 1997.
¿Qué sabes
de ética? Manuel Satué Llàtzer Bria.Edit, Addison Wesley Longman.
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