VIERNES SANTO

 

Eran las dos de la tarde de aquel viernes santo.

Caminé junto a la muchedumbre,

armonizando cada canto,

mientras nos dirigimos hacia la cumbre.

 

Este día recordamos la muerte de Jesucristo.

Entregó su cuerpo y derramó su sangre

para el perdón de los pecados

y para la salvación de los hombres.

 

Representada la crucifixión, la luz se aleja por todo el horizonte.

El paisaje se nota cuarteado,

El frío parece bajar de aquella pendiente,

Mi ánimo ya no es cálido.

 

Con tu muerte y crucifixión,

Reinó la confusión.

La humanidad llora atormentado,

Sufre el ignorante también el letrado.

 

El cielo opacó su color azul del firmamento.

El águila se pierde en la montaña,

El artista deja de expresar su sentimiento,

el viento detiene su cadencia por la mañana.

 

Todo se ha agrietado en el mundo.

Mi olfato rechaza el olor nauseabundo,

que emiten los gusanos zigzagueando en la pradera,

terminan su vida por hundirse en la gruesa madera.

 

 ¡Dios mío!

¿Acaso nos hundiremos en la sombra de éste profundo abismo?,

¿seremos acaso como aves sin nido en medio del desierto?

 

¡Dios mío! resucita, ven a salvarnos. Nada es sin ti.

Nuestra historia es nebulosa sin tu presencia.

 

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