TITULO: “MACARIO. EL REVOLUCIONARIO”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por: JERONIMO DOLORES LUGIOSEKA.

 

 

 

 

 

 

 

 

Noviembre 2008.

 

 

Macario el  “Revolucionario”

 

“EL CHINACO”

Cuautla, Morelos.

 

         El primer día del mes de enero de 1909, trescientos campesinos, incluido Macario “El revolucionario” fueron despojados de sus tierras por órdenes del Señor gobernador; dizque, para cumplir el decreto sobre deslinde y colonización de terrenos baldíos.

 

       El gobernador para apoyar las ideas del Presidente de la República, en turno, llevó a cabo esta acción, confabulándose con los grandes hacendados, y el ejército federal. Estos últimos se les había ordenado dos cosas: primero, castigar a los campesinos que se oponían a tal decreto, colgándolos; como señal de ejemplo, bien quemando tanto sus cosechas como sus casas, o en todo caso, reprimiéndolos al trabajo forzado en la construcción de las vías férreas. Segundo, asolar esta región acabando con los campesinos, y sobre todo a un revolucionario, conocido con el apodo el “revolucionario”.

 

        Macario, era un hombre tozudo, como todos los campesinos. De tanto sujetar el arado para aflojar la tierra, sus brazos estaban sumamente musculosos, que aparentaban ser dos grandes mazos. Se dice, que al golpear a sus enemigos, muchas veces con un solo golpe, les demolía la quijada.

 

       Ese día del despojos de sus terrenos, Macario, en vez sentarse a llorar su desgracia, se fortaleció de coraje, y ya por la noche, fue a destruir sin remordiendo los linderos que habían levantado, los federales. De los muchos campesinos de esta región, él, era el más decidido, aunque con una pequeña falta de instrucción.

 

Un año después de lo sucedido, los trescientos campesinos acudieron con Macario, para preguntarle que hacer en esta situación. Arrebatado por el sufrimiento agónico de estos hombres, escogió a diez hombres de los más decididos, para parlamentar con ellos. Después de platicar más de siete horas, dieron la noticia:” nos levantaremos en armas contra los federales”. Si, fue el grito unísono de los trescientos campesinos. __“Tú serás el jefe, nosotros seguiremos tus órdenes”_, se dejó escuchar una voz entre el grupo.__ “si, tú serás el jefe”__,dijeron al mismo tiempo.

 

   __” Si austedes lo piden, con mucho gusto lo acepto, pero que conste, yo nunca he querido ser el mandamás de naiden, pero si es pa’ esta causa, que hoy hemos decidido iniciar, los honores serán pa’ todos. Los federales, al quemar nuestras cosechas, mandados por esos ricos caciques; creyeron que iban acabar con nuestros deseos de hombres libres, que equivocados están; todos ellos se han metido con nosotros, nos han buscado, pues nos han encontrado, lo único que han conseguido es reunirnos ¡pa’ armar esta rebelión! __. comenzó diciendo Macario, con este discurso improvisado.

 

        La revolución, dicen que ya comenzó en el norte; también es por la misma causa. Además “El campo es de quien la trabaja,” no de quien es el dueño. La única manera de hacer que regrese a sus legítimos dueños, nosotros los campesinos, es la lucha revolucionaria. __ “Nos iremos en bola a pelear por nuestros derechos, sean contra quien sea. Si. ¡Que así sea! __, gritaron nuevamente al unísono.

 

        Los pies de estos hombres se hundieron en la tierra, dejando una huella sin forma, comenzaron a caminar buscando en el horizonte de sus imaginaciones: “¡Tierra y libertad!”

 

        Las carencias de armas, no fue obstáculo, el ingenio del campesino, fue asaltar las haciendas. Su táctica era atacar y ocultarse. En medio año, se hicieron de armas suficientes para combatir con las fuerzas federales.

 

        La noticia de estos lazados, se regó como pólvora. Muchos grupos se congregaron con la misma finalidad; por dondequiera llegaban noticias de otros lugares, con los siguientes datos: “Los de Zacatepec andan levantados en armas” “Los de Tepoztlán andan alzados” “En Jojutla de Juárez son unas fieras contra los federales” “En Cuernavaca zumbas balazos” “Aquí en Cuautla suenan los cañones” “Nosotros también iremos.... Los de...”

 

       Hubo madres que lamentaban no tener más hijos para mandarlos a la lucha, y ancianos que suspiraban no poder ir. El que contaba con un solo hijo con gusto lo disponía para la lucha.

 

       En la hacienda “el Gavilán” comenzó el primer encuentro armado entre federales y campesinos. Cayó muerto el primer hombre que estaba agazapado en la copa de un árbol. El segundo vigía, ni siquiera pudo dar el grito de ¡Vienen los soldados! Porque una bala de grueso calibre le atravesó el cerebro. ¡Los sorprendieron!, si eso fue, los sorprendieron. No hubo tiempo para la defensa y el ataque. Tuvieron que huir despavoridos por el cerro, el “mezquital”

 

        En los encuentros campales, los soldados, peleaban con mucha estrategia. Utilizando cañones de largo alcance, abrían las filas de defensa. A veces de un solo tiro, derriban una veintena de personas. Caían como moscas. Todos muy asustados, corrían despavoridos a esconderse detrás de lo que encontraran a su alcance, más el orgullo y el coraje los volvían reunirse para estudiar una mejor estrategia de combate.

 

       En uno de estos enfrentamientos, quizás uno de los más crueles y sangrientos, Macario retrocediendo con cierta prudencia a su trinchera, dio la orden de esperar el momento adecuado para disparar contra cualquier batallón que pasara por el lado oeste de la ladera de los sauces. Por fin un destacamento, espoleando sus caballos, pasó con gran velocidad a su vista, haciendo imposible que las balas dieran con ellos. La orden de Macario era “mantener la calma, y esperar el momento de asestar el golpe”.

 

      Cuando este destacamento, no encontró respuesta de combate, confiados bajaron de sus caballos y empezaron a desensillarlos. De un tajo, Macario levantó el fusil__” ahora es cuando”, gritó, dando la orden. Sus armas no eran tan sofisticadas, pero al dar el blanco, también causaban heridas de muerte.

 

      Los federales, como pudieron, cogieron sus armas y empezaron a disparar donde estaban atrincherados. Empezó la balacera. La victoria sería prontamente de los campesinos, a no ser la poderosa ametralladora que los federales traían y que al disparar vomitaba cientos de cartuchos en una fracción de segundos.

 

      La trinchera la hicieron pedazos con las balas de esta ametralladora. Arriesgándose con todas las de perder, Macario montó su caballo, haciendo creer al enemigo que huía. Rodeó, al soldado que disparaba con la ametralladora. Jamás se percató de su presencia. Desde encima del caballo se lanzó, para propinarle un fuerte derechazo en la frente del soldado. El golpe fue certero. Se posesionó del arma y luego, luego empezó a disparar contra los soldados. Ellos, muy sorprendidos no sabían a quien disparar. Esta vez, ellos perdieron la batalla.

 

      Con esta táctica de atrincherarse, y con la ametralladora en su poder, en un lapso de cuatro años ganaron seis batallas, hasta que el séptimo, Macario “El Revolucionario” recibió dos balazos, uno en la pierna derecha, y el otro en el abdomen del lado izquierdo. Así empezó su martirio de hombre mortal...

 

        El día que nadie presagia, como lo es morir, Macario antes de entregar el equipo a su creador, reunió a todos los combatientes, utilizando la ametralladora como pedestal y, con voz potente, dijo las siguientes palabras:

 

__ “¡Revolucionarios!

Oigan bien pelaos, abran bien los oídos,

mi apelativo es Macario.

He andado, como mucho de ustedes,

echando bala por un solo sentido:

¡tierra y libertad!

Aunque estoy juramentao acá con la gente,

yo nací pa’ la revolución.

Si las balas del enemigo me acribillaron,

¡bendita sean!, es por la patria.

 

¡Saben que pelaos!

Hoy somos de la bola, pa’ qué nuestros hijos,

sean libres.

Aquí, hoy les digo, que cuando ellos sean conscientes

de nuestra causa, queremos que sigan siendo revolucionarios.

 La tierra volverá a quienes la trabajan con sus manos.

 

¡Viva la revolución!”.

 

       Dicha esta última palabra, Macario, apenas pudo bajar de la ametralladora, cuando su cuerpo fue doblándose lentamente, hasta quedar quieto. __ “ ¿Está muerto!”__Gritó la gente.

 

      Las lágrimas se dejaron escapar sensiblemente, como honra por este noble y magno revolucionario, morelense.

 

    El clarín, tocó el toque de queda...  El silencio era desconcertante, como si de pronto nos hubiéramos quedados sordos, y que no escucháramos nada más que nuestra conciencia y las palabras del revolucionario sureño, “¡Tierra y Libertad!”

 

 

 

 

 

FIN

Comentarios

Entradas populares de este blog