SER MAESTRO
NORMALISTA *
Sin recurrir a argumentos filosóficos
o sofísticos para reflexionar o emitir un juicio sobre el tema de “Ser maestro
normalista” en el Estado de México, no quiera interpretarse que mi sentir carezca
de una secuencia lógica y de expresión correcta.
Desde mi infancia hasta el
hecho de dedicarme a la docencia he admirado con suma reverencia al maestro en
cumplimiento de un apostolado en su quehacer cotidiano. Donde quiera que se
manifiesta la gama de conocimientos, habilidades o valores; mostrados en una
persona, en una comunidad, una ciudad, debe agradecerse la labor de un maestro.
A 173 años en que la
legislatura mexiquense propone por ley la carrera del maestro o preceptor se
establece la esencia de la respetabilidad en la trayectoria del profesional en
educación, cuya labor deberá ser: “construir el saber de las personas sin
importar ideología o creencia alguna”. Pocos podrán contradecir que el proceso
en la construcción de una persona, de una comunidad, de una nación; ha sido
factor predominante la labor de los maestros.
Quien tenga por papá un
maestro, un hijo maestro, un familiar maestro debe henchirse de orgullo; porque
ahí deambula conocimientos y valores.
El concepto “Maestro” es
expresivo en los dos géneros; tanto para las mujeres, así como para los hombres
dedicados a unas de las más nobles vocaciones: la enseñanza. Aclarado el
concepto prosigo con mi opinión.
En estas diecisiete décadas
del inicio del normalismo en el Estado de México, cientos de maestros han aportado
con todo su desvelo, su hambre material, su experiencia personal; haciendo un
lado su fatiga, dejando en casa sus problemas personales, en aras del
cumplimento como persona y sobre todo como profesional para educar a la niñez, a
los adolescentes y la juventud mexiquense. Si. incontables maestros a través de
la manifestación de sus redes intelectuales y la producción de saberes, han
influido en la construcción de la nación de mi país en el siglo XIX, XX Y parte
del siglo XXI.
Respeto la opinión de quien
dice: “el maestro” no cura como el Médico, no construye puentes como el Ingeniero,
pero sin juicios dogmáticos, sin el maestro, no hay ingenieros o médicos, o de
cualquier índole de profesionistas.
Las instituciones formadoras
de maestros tienen nombre y apellidos. “Escuelas Normales” porque en estas
instituciones se norma el saber que se imparte para el rezago educativo y la
disminución del analfabetismo. Las escuelas normales han sufrido cambios en su
proceso histórico, pero las labores en conjunto de sus docentes han superado
estas crisis. Desde la fundación de la escuela Centenaria y Benemérita Escuela
Normal para Profesores en 1882 hasta la Escuela Normal de Educación Especial construida
en 1991, la consigna es preservar
y fomentar los valores universales que permitan una convivencia social justa y
equitativa. Fomentar la cultura de la planeación, seguimiento y evaluación como
forma de vida del individuo.
Ser
profesor, ser maestro, ha representado la posibilidad de desarrollar una de las
labores más comprometidas, exigentes y complejas de la vida personal: enseñar.
La
vocación de ser maestro, para muchos, se adquiere en la práctica docente
cotidiana, para otros se nace con ello y para algunos otros, se adquiere en los
procesos formativos de los semestres en proceso. Pienso que tiene que ver algo
de todo ello, pero de lo que estoy cierto es que es en la escuela normal donde
se tiene mayores posibilidades de adquirir la vocación hacia la docencia.
La
Escuela Normal mantiene presencia en todas las entidades de nuestro país.
Estudiar en la Escuela Normal para ser profesor, representa para muchos
estudiantes, con conocimiento de causa, la posibilidad de fortalecer la
educación pública y gratuita, contribuir a mejorar intelectual, física y moralmente
a la clase más numerosa y pobre de la sociedad, capacitándola para participar
en el progreso cultural de una nación que se quiere insertad en un mundo
globalizado.
ESTEBAN ALEJANDRO GARCIA.
PROFESOR DE LA ESCUELA PREPARATORIA OFICIAL NUM
181
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