VIAJERO*
“Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar”
Antonio Machado.
Hay personas que nacen para la guerra,
otros para encumbrarse a las más altas esferas del poder político, pocos dedicados
a la ciencia, muchos aspiran ser reconocidos para un premio nobel; unos cuantos
lo alcanzan. Hay quienes se aferran a la vocación religiosa, otros para ser
pintores, locutores, futbolistas, inventores, y; no pocos simples viajeros en
el aquí y el ahora, entre estos me cuento yo.
Físicamente soy un simple viajero,
desearía tener el don de la ubicuidad para estar en múltiples lugares al mismo
tiempo. Viajar al pasado, y adelantarme al futuro, sé que esto es imposible
como ser humano, por eso lo hago con el don natural con que fui bendecido.
Como viajero que soy, me gusta recorrer caminos
apasionados; donde esté lleno de todos los aromas de la naturaleza. Me gusta
detenerme en esos precipicios profundos y oscuros para escuchar el silencio
interior de la madre tierra, valoró cada detalle que observo lo que dura un
viaje. Mi espíritu aventurero no sé de
dónde lo adquirí, tal vez ha sido como una simple enfermedad del sarampión, alguien
me contagió, estoy seguro que se me quitará en algún momento de esta vida, de
no ser así, viviré apasionadamente con ella el tiempo que sea necesario.
Desde
el amanecer hasta el atardece, inconsciente abro y cierro mis ojos, mientras mi
pensamiento atrapa justamente el momento y el espacio para hacer un viraje
hacia mi pasado. En este regreso imaginario, me siento el conductor de un
vehículo para viajes largos. Pareciera como si después de tantas horas de
conducir de una ciudad a otra, encuentro un lugar para descansar por unos días
y poner en orden ciertos problemas personales. Como una recompensa a mi trabajo
de tantos años, descubro el lugar apropiado para lo que deseo; descansar,
además, buscar la pieza faltante para armar el rompecabezas de mi existencia. El
lugar se ubica aproximadamente a 200 kilómetros del centro de la Ciudad,
Capital de mi natal México.
Me
detengo exactamente en un pequeño poblado, cuyo lugar llama la atención por su
parque mejor conocido como “El Paraíso” Evidentemente, este espacio geográfico donde me
encuentro situado, es un paraíso, tal como lo registra fotográficamente mi
sentido de la vista. Frente a mí, se ve un enorme y hermoso árbol de ahuehuete
de aproximadamente 500 años al que todos le llaman “El Eterno” según la
descripción puesta debajo del frondoso árbol. Este enorme árbol se encuentra franqueado
por el lado derecho plantas de distintas especies, y por el lado contrario no
podría faltar la exhibición de piezas arqueológicas propias de la zona.
Me adentro al parque para deleitarme de
lo hermoso que se ve y se siente en su interior. Justo aquí, la altura es
impresionante. Por el oriente se observa el majestuoso Xinantecatl; monumento
inamovible que engalana la naturaleza de todo este entorno. Con un color plateado para esta época del año,
es inigualable a otro lugar. Por el poniente se ve una diminuta torre de una
Iglesia hundida por condiciones naturales. Agraciados por Todopoderoso, la
gente de este lugar goza de una condición climática ambicionado no por unos
cuantos. Los de mayor solvencia económica, buscan la manera de tener en
posesión un pedazo de este majestuoso lugar.
Pasado el mediodía, el calor es sofocante,
pero hasta cierto punto aguantable. El tiempo que recorro en este bello
espacio, trato de recoger las mejores escenas por los cuatro horizontes. Para
esta época y día de la semana, me sorprende ver llegar mucha gente de todas las
edades y condiciones sociales, cuyos propósitos quizás sean diferentes a la
mía.
Una mayoría de ellos los veo caminar de
forma apurada con pasos largos hasta perderse entre los boscosos árboles que se
encuentran dentro del parque. El momento
que pasan junto a mí se les escucha el jadeo constante de tomar bocanadas de
aire. Este grupo parece no interesarles lo que hay o pasa a su alrededor. Otra minoría,
caminan pausados y sin fatiga alguna. Creo deducir que se dirigen hacia el
mismo lugar que el primer grupo. Sin embargo, este grupo disfruta del momento y
las circunstancias que le ofrece la naturaleza. Se les nota en sus facciones el
gusto por la naturaleza. Cual religiosos místicos disfrutan serenos el entorno,
incluso la gente que los observa.
Un último grupo no más de diez integrantes,
transitó después del segundo grupo. En este último sobresale la figura de una
mujer, que por su edad llamó mi atención. Camina con cierta elegancia semejante
a las princesas medievales. Ataviada de una vestimenta tipo túnica se mueve con
facilidad mirando en todo momento hacia
el horizonte donde emerge el líquido vital del sol y la luna. Erguida de pies a
cabeza entabla dialogo con otra mujer de menor edad y de vestimenta diferente.
La mujer ataviada de una túnica color azul no
se inmuta ante la mirada o el cuchicheo de la gente que lo mira de una manera
llamativa. Al caminar deja traslucir su belleza natural. Al percatarse de que
la observó intrigado, tampoco se impresiona en lo mínimo, al contrario, sigue
manifestando una elegancia estética impresionante que interpreto como una
invitación ir tras ella rumbo a la zona boscosa.
Debo confesar, ver esta mujer con las
características mencionadas, mi ser quedó embelesado. De momento la curiosidad
le ganó la batalla a mi pensamiento. Cautivado mi voluntad, mi cuerpo fue
conducido cual magnetismo hacia el mismo lugar donde la gran mayoría de las
personas se dirigían. Mirar físicamente aquella mujer que mostraba una
delicadeza atractiva al caminar y revelar sus dotes físicas me pareció estar viendo
a un personaje entresacada de una película hollywoodense. Con los brazos
entrelazados y mi razonamiento encandilado, concluí que se trataba de cierta
seña de invitación a seguirla hacia el mismo sitio que la gran mayoría se
dirigía. Para asegurarse que habría una respuesta de mi parte, caminó con pasos
lento hacia aquel hermoso bosque.
Exteriormente, la belleza física de
esta mujer se impuso de forma asombrosa en medio de otras mujeres que caminaban
por el mismo sendero, su atuendo lo hacía diferente, con túnica y sandalia; al
estilo de las mujeres griegas. La seguí no solo con la mirada puesta en ella,
sino que decidí estar cerca, aclaro, me sedujo su encanto de mujer, además su
sabiduría.
El sendero era medianamente corto, al final estaba
franqueado por un pequeño bosque, que en la parte central lo hacía asombrosos por
una grieta de reducido espacio, asemejando una puerta de entrada. Conforme fui
avanzando por aquel sendero se dejaba escuchar el crujido de las ramas de los
árboles, dejando evidencia que este era una ruta de entrada de un lugar muy
especial.
El silencio de la naturaleza, pocas
veces escuchada y entendida, era testigo de que me adentraba a un lugar desconocido.
Era un viajero que utilizaba varios medios para trasportarme al lugar que
deseaba estar o visitar. Ahora mi pensamiento se convertía en el vehículo que me
transportaba a una dimensión incógnita. Resistí hacer este viaje, era demasiado
tarde. Como si las ramas de los altos y frondosos robles cubrieran la grieta, no
pude hallar la salida. De momento, el miedo se apodero de mi ser y como por
arte de magia mi pensamiento despertó para controlar este estímulo amenazador.
El lugar era diferente, una belleza no vista en el transcurso de mi
existencia. El sonido del agua emitía
una sensación de tranquilidad espiritual, el viento era apacible a toda costa,
agradable el calor templado, una tierra donde se respira un olor a chocolate. La
armonía de estos elementos era como estar en el paraíso celestial, nada más
creíble que la persona que bautizo con el nombre el “paraíso” tal vez vivió una
experiencia como lo estoy pasando ahora. Como si me hubiera cambiado de
anteojos, veía a todo color los objetos que podía distinguir.
Estar aquí hizo que mi mente me trasladara a
un tiempo y un espacio no conocido físicamente, solo a través de lecturas e imágenes.
Como si fueran dos películas distintas, dejaba un mundo real del parque, para
ver otra. Esta otra, era distinta de la anterior, mi vista fue imposible
abarcar la extensión y majestuosidad de los tan singulares paisajes. ¡Por todos
los dioses! Me tuve que golpear la frente y pellizcarme los brazos para saber
que no estaba soñando o tener una alucinación. No, no estaba alucinando, solo
estaba adentrándome a otro panorama de mi capacidad de reflexión, todo era
admirable.
Tuve que recurrir tiempo y espacio, dos
elementos para poder captar o entender el aspecto de este lugar. Se semejaba un
espacio geográfico antiguo, pero maravilloso, estaba rodeado de una gran
cantidad de agua por todos lados, deduje que era un espacio básicamente
marítima, comercial y expansiva hacia cualquier lugar que uno quisiera
dirigirse. El viento que emergía de este océano transportaba las nubes para
trasladarlos hacia distintas direcciones, sin embargo, el calor hacía que las
nubes al chocar entre sí, descargan gran cantidad de agua haciendo que la
tierra emergiera todo tipo de vida silvestre. Por lo accidentado en su relieve,
me pareció que los habitantes de este lugar les dificultaban la actividad
agrícola y las comunicaciones internas entre ellos. Al ver todos estos
fenómenos de la naturaleza, quedé estático por varios minutos, mi asombro estuvo
centrado en el problema del universo y de la naturaleza.
Mi ánimo estaba suspendido por la
vorágine de la curiosidad, el miedo desaparecía, mi corazón latía a su ritmo, mi
mente percibía la claridad en mis razonamientos. Sin dudar, un lugar sagrado,
para todo tipo de viajero. Mi
curiosidad de hombre viajero que me acompaña a todos lados, había encontrado la
salida. El encanto se iba develando, acto seguido
observé una frase escrita en un pórtico que se encontraba a unos pasos de la
entrada principal: “Busca la
sabiduría”. La mujer que
había seguido, se había esfumado como por arte de magia, dejando al desnudo esa
otra realidad que está no limitado para unos cuantos.
El sol se encontraba al ras de las
montañas, se anunciaba el ocaso de la tarde. Las aves empezaron a levantar el
vuelo para emigrar hacia la cima más alta de aquella montaña ubicada hacia el
norte de este hermoso lugar, mi viaje aún no había terminado.
* ESTEBAN ALEJANDRO GARCIA.
Profesor de la ESCUELA PREPARATORIA OFICIAL N°181.

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