A PROPOSITO DEL BICENTENARIO
CUENTO HISTÓRICO.
* JERONIMO DOLORES LUGIOSEKA.
“MACARIO. EL
REVOLUCIONARIO”
“EL CHINACO”
Cuautla, Morelos. Enero. 1909.
El primer
día del mes de enero de 1909, trescientos campesinos, incluido Macario, mejor
conocido como “El revolucionario” fueron despojados de sus tierras por órdenes
del Señor gobernador de Cuernavaca; dizque, para cumplir el decreto sobre el
deslinde y colonización de terrenos baldíos.
El gobernante para apoyar las ideas del
Presidente de la República, en turno, llevó a cabo esta acción, confabulándose
con los grandes hacendados caciques, y el ejército federal. Estos últimos se
les había ordenado dos cosas: primero, castigar a los campesinos que se oponían
a tal decreto, colgándolos; como señal de ejemplo, o bien quemando tanto sus
cosechas como sus casas, y en último de los casos, reprimiéndolos al trabajo
forzado en la construcción de las vías férreas. Segundo, asolar esta región
acabando con los campesinos, y sobre todo a un revolucionario, conocido con el
apodo el “revolucionario”.
Como todos
los campesinos, El tal Macario era un hombre sumamente tozudo. De tanto sujetar
el arado para aflojar la tierra, sus brazos estaban fuertemente musculosos, que
aparentaban ser dos grandes mazos. Se dice, que, al golpear a sus enemigos,
muchas veces con un solo golpe, les demolía la quijada.
Ese día de los
despojos de sus terrenos, Macario, en vez de sentarse a llorar su desgracia, se
fortaleció de coraje, y ya por la noche, fue a destruir sin remordiendo los
linderos que habían levantado los federales. De los muchos campesinos de esta
región, él, era el más decidido, aunque con un pequeño detalle, la falta de
instrucción.
Un año después de lo sucedido, los trescientos campesinos
acudieron con Macario, para preguntarle qué hacer en esta situación. Arrebatado
por el sufrimiento agónico de estos hombres, escogió a diez hombres de los más
decididos, para parlamentar con ellos. Después de platicar más de siete horas,
dieron la noticia:” nos levantaremos en armas contra el gobierno y los
federales”. Si, fue el grito unísono de los trescientos campesinos. ─ “Tú serás el jefe, nosotros seguiremos tus
órdenes”, se dejó escuchar una voz entre el grupo. __ “si, tú serás el jefe” __,
dijeron al mismo tiempo.
__ “Si austedes lo
piden, con mucho gusto lo acepto, pero que conste, yo nunca he querido ser el
mandamás de naiden, pero si es pa’ esta causa, que hoy hemos decidido iniciar,
los honores serán pa’ todos. Los federales, al quemar nuestras cosechas,
mandados por esos ricos caciques; creyeron que iban acabar con nuestros deseos
de hombres libres, que equivocaos están; todos ellos se han metido con
nosotros, nos han buscado, pues nos han encontrado, lo único que han conseguido
es reunirnos ¡pa’ armar esta rebelión! __. comenzó diciendo Macario, con este
discurso improvisado.
La revolución,
dicen que ya comenzó en el norte; también es por la misma causa. Además “El
campo es de quien la trabaja,” no de quien es el dueño. La única manera de
hacer que regrese a sus legítimos dueños, nosotros los campesinos, es la lucha revolucionaria.
__ “Nos iremos en bola a pelear por nuestros derechos, sean
contra quien sea. Si. ¡Que así sea! __, gritaron nuevamente al unísono.
Los pies de
estos hombres se hundieron en la tierra, dejando una huella sin forma,
comenzaron a caminar buscando en el horizonte de sus imaginaciones: “¡Tierra y
libertad!”
Las carencias
de armas, no fue obstáculo, el ingenio del campesino, fue asaltar las haciendas.
Su táctica era atacar y ocultarse. En medio año, se hicieron de armas
suficientes para combatir con las fuerzas federales.
La noticia de
estos alzados, se regó como pólvora. Muchos grupos se congregaron con la misma
finalidad; por dondequiera llegaban noticias de otros lugares, con los
siguientes datos: “Los de Zacatepec andan levantados en armas” “Los de
Tepoztlán andan alzados” “En Jojutla de Juárez son unas fieras contra los
federales” “En Cuernavaca zumbas balazos” “Aquí en Cuautla suenan los cañones”
“Nosotros también iremos.... Los de...”
Hubo madres
que lamentaban no tener más hijos para mandarlos a la lucha, y ancianos que
suspiraban no poder ir. El que contaba con un solo hijo con gusto lo disponía
para la lucha.
En la hacienda
“el Gavilán” comenzó el primer encuentro armado entre federales y campesinos.
Cayó muerto el primer hombre que estaba agazapado en la copa de un árbol. El
segundo vigía, ni siquiera pudo dar el grito de ¡Vienen los soldados! Porque
una bala de grueso calibre le atravesó el cerebro. ¡Los sorprendieron!, si eso
fue, los sorprendieron. No hubo tiempo para la defensa y el ataque. Tuvieron
que huir despavoridos por el cerro, el “mezquital”
En los encuentros campales, los
soldados, peleaban con mucha estrategia. Utilizando cañones de largo alcance,
abrían las filas de defensa. A veces de un solo tiro, derriban una veintena de
personas. Caían como moscas. Todos muy asustados, corrían despavoridos a
esconderse detrás de lo que encontraran a su alcance, más el orgullo y el
coraje los volvían reunirse para estudiar una mejor estrategia de combate.
En uno de
estos enfrentamientos, quizás uno de los más crueles y sangrientos, Macario
retrocediendo con cierta prudencia a su trinchera, dio la orden de esperar el
momento adecuado para disparar contra cualquier batallón que pasara por el lado
oeste de la ladera de los sauces. Por fin un destacamento, espoleando sus
caballos, pasó con gran velocidad a su vista, haciendo imposible que las balas dieran
con ellos. La orden de Macario era “mantener la calma, y esperar el momento de
asestar el golpe”.
Cuando este
destacamento, no encontró respuesta de combate, confiados bajaron de sus
caballos y empezaron a desensillarlos. De un tajo, Macario levantó el fusil__ “ahora
es cuando”, gritó, dando la orden. Sus armas no eran tan sofisticadas, pero al
dar el blanco, también causaban heridas de muerte.
Los federales,
como pudieron, cogieron sus armas y empezaron a disparar donde estaban
atrincherados. Empezó la balacera. La victoria sería prontamente de los
campesinos, a no ser la poderosa ametralladora que los federales traían y que
al disparar vomitaba cientos de cartuchos en una fracción de segundos.
La trinchera la
hicieron pedazos con las balas de esta ametralladora. Arriesgándose con todas
las de perder, Macario montó su caballo, haciendo creer al enemigo que huía.
Rodeó, al soldado que disparaba con la ametralladora. Jamás se percató de su
presencia. Desde encima del caballo se lanzó, para propinarle un fuerte
derechazo en la frente del soldado. El golpe fue certero. Se posesionó del arma
y luego, luego empezó a disparar contra los soldados. Ellos, muy sorprendidos
no sabían a quien disparar. Esta vez, ellos perdieron la batalla.
Con esta táctica de atrincherarse, y con la
ametralladora en su poder, en un lapso de cuatro años ganaron seis batallas,
hasta que el séptimo, Macario “El Revolucionario” recibió dos balazos, uno en
la pierna derecha, y el otro en el abdomen del lado izquierdo. Así empezó su
martirio de hombre mortal...
El día que nadie presagia, como lo es
morir, Macario antes de entregar el equipo a su creador, reunió a todos los
combatientes, utilizando la ametralladora como pedestal y, con voz potente,
dijo las siguientes palabras:
—“¡Revolucionarios!
Oigan bien pelaos, abran bien los oídos,
mi apelativo es Macario.
He andado, como mucho de ustedes,
echando bala por un solo sentido:
¡tierra y libertad!
Aunque estoy juramentao acá con la gente,
yo nací pa’ la revolución.
Si las balas del enemigo me acribillaron,
¡Bendita sean!, es por la patria.
¡Saben que pelaos!
Hoy somos de la bola, pa’ qué nuestros hijos,
sean libres.
Aquí mesmo, hoy les digo, que cuando ellos sean conscientes
de nuestra causa, queremos que sigan siendo
revolucionarios.
La tierra volverá a
quienes la trabajan con sus manos.
¡Viva la revolución!”. Dicha estas últimas palabras,
Macario, apenas pudo bajar de la ametralladora, cuando su cuerpo fue doblándose
lentamente, hasta quedar quieto. —“¡Está muerto!”—Gritó la gente.
Las lágrimas se
dejaron escapar sensiblemente, como honra por este noble y magno
revolucionario, morelense.
El clarín, tocó el toque de queda... El silencio era desconcertante, como si de
pronto nos hubiéramos quedados sordos, y que no escucháramos nada más que
nuestra conciencia y las palabras del revolucionario sureño, “¡Tierra y
Libertad!”
FIN
*Profesor de filosofía en la Escuela Preparatoria Oficial Nº 181.
DATOS:
ESTEBAN ALEJANDRO GARCIA
GRADO ACADEMICO: LICENCIATURA EN FILOSOFIA
DIRECCION: ALMENAS II, CS 51 TULTITLAN
ACTIVIDAD: PROFESOR
TEL. 58340094
CORRO ELECTRONICO: ealejandro7@yahoo.com.mx
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